Comandos.

Es de noche y llueve en la selva. Las gotas con las piedras aplauden el paso de los soldados, quienes con sigilo, avanzan charco a charco hacia el campamento. Ya las palas del Drakkar volador quedaron atrás en tiempo y espacio. Los modernos centuriones, como aborígenes en la caza, se comunican por señas para evitar alertar a las presas.  La lluvia amaina y con ella, la altura de las siluetas y la distancia al sitio. Se escuchan risas y ruidos mecánicos. Alguien carga una escopeta y el sonido activa la cámara lenta de la escuadra, la cual inicia su reptílico avance. Pasan unos segundos y cada soldado elige su blanco. A través de las miras, se ven los futuros Cristos con sus cruces al pecho o a la espalda. El líder con sus dedos inicia un conteo regresivo de cinco a uno para ejecutar la misión. Cinco: click, siguen las risas,… Cuatro: -¿Y entonces, Joviniano?, le están haciendo el mandado a tu ahijada? – Tres: más risas y comentarios,… Dos: -¡desgraciao, que tiene solo dieciséis años! yo la cuido mucho,…- y más risas,… Uno: - y si la cuidas, pa’ qué la descuidas?, ¡epa! ¿no escucharon alg…- siete disparos certeros sirven de guadaña y salva fúnebre: siete sacos de vísceras se desploman inertes, algunos abriendo ojos, bocas y esfínteres ante su último sueño. La vieja jungla grita desordenada la queja de su tranquilidad perdida. Los cañones de las armas, como fumadores expertos, botan con calma el humo de su estertor. Se levantan con prudencia y se acercan a chequear la seguridad de la muerte. La misión de ser verdugos, ha terminado.

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